Cómo se informan los futuros periodistas latinoamericanos: el celular como ventana al mundo y las redes como nuevo mate informativo.
Nota publicada en el sitio Palermo online noticias
Buenos Aires, noviembre de 2025 — Un informe regional presentado este jueves por la red académica Investigar en Red, bajo la coordinación de Francisco Albarello (Universidad Austral), reveló un mapa inquietante y fascinante de cómo se informan los estudiantes de Comunicación y Periodismo de América Latina. En un continente atravesado por desigualdades, tensiones políticas, pantallazos constantes y una feroz competencia por la atención, los jóvenes ya no “buscan” noticias: las noticias los encuentran. Y casi siempre lo hacen a través del celular, ese nuevo faro de bolsillo que dicta qué mirar y qué ignorar.
Redes sociales como puerta de entrada a la actualidad
El estudio —que relevó a 2.985 estudiantes de 38 universidades en 9 países latinoamericanos, con una fase cualitativa de 97 focus groups— confirma un fenómeno que ya se venía oliendo en los pasillos universitarios: Instagram, TikTok, YouTube y X son el nuevo kiosco digital de noticias.
O, mejor dicho, el nuevo algoritmo de la verdad, ese que decide qué fragmento del mundo vemos antes del desayuno.
“Los jóvenes no buscan las noticias, las noticias les aparecen”, sintetizó Albarello durante la presentación del informe Transiciones. Y ahí, en esa frase que suena a tango digital, se condensa la mutación del oficio: lo incidental como forma principal del consumo.
En un ecosistema saturado, los futuros periodistas se mueven entre historias de 15 segundos, clips acelerados, memes explicativos y lives improvisados que condensan —o deforman— la realidad. La atención se vuelve un bien escaso y frágil; la relevancia, una batalla cuesta arriba.
Credibilidad 2.0: confianza en movimiento
A diferencia de generaciones anteriores, la confianza ya no se deposita “en la marca” del medio. Se otorga en cuotas, caso por caso, publicación por publicación. Los estudiantes valoran el “rigor profesional”, pero suelen preferir los contenidos publicados en redes sociales de periodistas, medios o creadores que muestran un estilo directo, visual y empático.
La credibilidad, parece, ahora se gana hablando como ellos consumen: rápido, simple, humano, con una estética que se adapte al scroll infinito.
Pero esta preferencia trae un dilema que Albarello subraya como advertencia: los jóvenes saben que la desinformación está al acecho, la temen, la reconocen. Desarrollan estrategias intuitivas —contraste de fuentes, lectura de comentarios, búsqueda ocasional de portales tradicionales—, pero aun así la personalización algorítmica define en gran parte su dieta informativa.
Del consumo a la producción: el prosumidor ya es norma
Otro hallazgo del informe es la consolidación del rol prosumidor. Los estudiantes ya no se quedan en el consumo pasivo: reinterpretan, recortan, remixan y producen contenido propio, especialmente en formatos breves, audiovisuales y humorísticos.
Los memes se convierten en herramientas culturales. Los podcasts en espacios íntimos de reflexión. Lo que antes era un oficio de redacciones y expedientes hoy también se expresa en clips caseros, hilos argumentales y videos filmados entre apuntes y mates fríos.
La pregunta, para el periodismo profesional, es si puede —o quiere— incorporar esos lenguajes sin perder profundidad. Si podrá bailar ese ritmo sin quedar fuera de compás.
El caso argentino: una mirada crítica desde el aula
Argentina aparece en el informe con una presencia particularmente fuerte: 18 universidades participaron del relevamiento. Allí, el consumo informativo mezcla lo nuevo con lo viejo, lo digital con lo heredado.
Los estudiantes argentinos mantienen un vínculo crítico pero persistente con los medios tradicionales, especialmente con la televisión en vivo, aunque la consumen casi siempre de manera incidental y dentro del hogar, como quien escucha una radio lejana mientras mira otra pantalla.
Instagram domina. TikTok avanza a paso firme, sobre todo entre los más jóvenes. YouTube sigue siendo una especie de biblioteca audiovisual donde conviven tutoriales, explicaciones políticas y crónicas callejeras.
La pandemia dejó huella: la saturación informativa de 2020 y 2021 empujó a los estudiantes hacia plataformas más personales y visuales, donde sienten que pueden filtrar y modular qué ver y cuándo.
Aun así, se observa una marcada conciencia profesional: saben que las redes distorsionan, moldean, empujan. Buscan estrategias para escapar de las burbujas. Y entienden que el periodismo, incluso el que está mutando, sigue siendo un deber social antes que una simple habilidad de edición.
El desafío que queda flotando
La investigación deja más preguntas que respuestas, como toda buena fotografía del presente. ¿Cómo reconstruir la confianza en un ecosistema guiado por algoritmos? ¿Cómo generar profundidad en un mundo que prefiere el fragmento? ¿Cómo enseñar periodismo cuando los propios estudiantes se informan desde formatos que hace diez años ni existían?
Quizás la única certeza, por ahora, es que el periodismo latinoamericano se encuentra en plena reconfiguración. Y que estos jóvenes —hijos del celular y del meme, pero también herederos de una tradición crítica— serán quienes definan hacia dónde se inclina la balanza.
Lo que está claro es que la comunicación ya no es un camino recto, sino un mapa que se vuelve a dibujar todos los días. Entre pantallas, algoritmos, audiencias móviles y una necesidad urgente de volver a confiar.
